Marcha Mundial Por La Paz y La No Violencia Argentina 2010







martes, 19 de julio de 2011

Mario Roberto Santucho

Tema del Hombre Nuevo

 

Sergio Wischñevsky, historiador UBA

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A 35 años del asesinato de Mario Roberto Santucho. Un repaso por la vida y las influencias del máximo dirigente del ERP.
El 19 de julio de 1976, grupos de tareas del ejército lograron dos objetivos, para ellos, enormemente valiosos: matar a Mario Roberto Santucho, por aquel entonces el máximo líder guerrillero de América latina, y hacerse de la documentación necesaria para avanzar decisivamente en el exterminio del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). En el mismo operativo encontraron los nombres de 395 miembros de la Juventud Guevarista y los Comandos de Apoyo del ERP a los que salieron a cazar desde ese mismo momento.
Nacido el 12 de agosto de 1936 en Santiago del Estero, séptimo hijo varón de una familia de la elite provincial, fue, como la costumbre imponía, apadrinado por el entonces presidente general Agustín P. Justo. Su primera escuela de política fue su familia: las apasionadas discusiones de sobremesa entre sus hermanos mayores y la exaltación de los caudillos provinciales que enfrentaron a Buenos Aires y al liberalismo nutrieron tempranamente sus fantasías. Su hermano, Francisco René, le hizo conocer el revisionismo histórico, el indoamericanismo, a Scalabrini Ortiz y a Arturo Jauretche. No fue inmune a la profunda fe cristiana de su madre y con tantas influencias intelectuales y su férrea voluntad autodidacta creó una cosmogonía que se nutría de un Jesús revolucionario pasando por Juan Jacobo Rousseau, una buena dosis de Túpac Amaru y muchos otros ingredientes.
En medio de su cada vez más ardorosa militancia universitaria conoce en una fiesta a la rica salteña Ana María Villarreal, de la que se enamoró y con la que se casó en 1960 provocando una polémica: la pareja se negó a hacer una ceremonia religiosa contrariando las infructuosas reuniones de los dos clanes. Buscando el varón, el destino le dio tres hijas a la pareja. Mario nació de una segunda relación.
A inicios de los ’60, Santucho, igual que muchos de su generación, repararon en que la democracia no es una alternativa real en América latina y, por lo tanto, reflexiona: “Si el poder real es el Estado y su sostén las Fuerzas Armadas, tal vez la lucha por el poder deba pasar por una lucha frontal, armada, a muerte”. Emprende su viaje iniciático por la cordillera, con rumbo norte; se encuentra y desilusiona con Haya de la Torre, conoce Estados Unidos y sus conflictos y desborda entusiasmo con Fidel Castro y la radicalización de la revolución. Cuando regresa se incorpora y termina liderando el Frente Revolucionario Indoamericanista Popular (Frip) y se fusiona con Palabra Obrera, el grupo trotskista dirigido por Nahuel Moreno (Hugo Bresano). En esa época escribe su primer ensayo: Cuatro tesis sobre el norte argentino, donde intenta sistematizar ideas y expone por primera vez la necesidad de tomar el poder para terminar con los grandes enemigos: “La oligarquía azucarera”. En el Congreso conjunto del 25 de mayo de 1965 se funda el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Santucho acepta el trotskismo, no muy convencido en lo ideológico, pero muy interesado en unir su influencia en el norte con la del morenismo en el conurbano bonaerense y sus vínculos con la IV Internacional.
Los debates entre el grupo de Santucho y los seguidores de Moreno giraban en torno de la conveniencia de “tomar las armas” y fundar una organización militar o seguir un trabajo político centrado en las organizaciones de base de la clase obrera. Esta polémica la ganó Santucho, no por presentar los mejores argumentos, ni siquiera por ser los más acertados, sino porque la fuerza irrefrenable de la mística revolucionaria al estilo del Che fue mucho más seductora y arrolladora que cualquiera otra alternativa. Santucho y sus compañeros definieron su perfil y propusieron volcar al PRT hacia la lucha armada, generando el quiebre que derivó en la fundación del ERP como brazo armado del partido.
El enorme magnetismo de Santucho aplacaba las críticas de los militantes, su ejemplo era su historia personal comprometida en cuerpo y alma: sus acciones militares, sus viajes y encuentros con líderes mundiales, sus fugas cinematográficas de cárceles militares, la organización del operativo de rescate de su compañera en la provincia de Córdoba. El 15 de agosto de 1972 se fuga del penal de máxima seguridad de Rawson hacia Chile junto a otros dirigentes de las FAR y Montoneros, en un resonante operativo que incluyó el secuestro y desvío de una aeronave comercial de línea. Allí, los militares asesinaron a su esposa en la llamada Masacre de Trelew. Luego de tensos días de espera en Chile, el grupo evadido fue autorizado por el gobierno de Allende a abandonar el país y dirigirse hacia La Habana, Cuba.
El gran operativo de Monte Chingolo en diciembre de 1975 y la experiencia de foco guerrillero en Tucumán terminan en trágicos saldos de sangre, pero el marco de miras en el que aquellos militantes estaban imbuidos los llevaba a una tragedia en sentido clásico, aquel destino del que no se puede escapar. Santucho les había dicho a sus compañeros: “Errar, persistir y volver a errar”. Su apuesta iba siempre hacia delante. ¿Cómo proponerle moderación a quien está mostrando el porvenir? ¿Cómo evitar quedar como un traidor o un cobarde frente a un símbolo de arrojo personal y coherencia política?
Tal vez no hayan sido la lucidez política, el genio estratégico o la elaboración teórica las columnas en las que se asentaron las virtudes de Santucho como personaje histórico. Pero en una época marcada por el voluntarismo fue el profeta de la voluntad. En el microclima de la exaltación del coraje, hizo del coraje su más fuerte argumento. El Hombre Nuevo estaba a la orden del día y Santucho encarnó ese perfil, como pocos.

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