Celebrar a la gran madre, ofrendarle los frutos y las obras de nuestra vida es esencial en la concepción de nuestros antiguos hermanos de la Tierra. Somos una parte dentro de un ser mayor, la celebración es un modo de evocarlo y asumirlo.
En este ámbito rige especialmente la reciprocidad: Cada ser ha recibido la vida como una donación de otro ser hacia él y a su vez debe donarse, en sus obras, sus frutos, en reciprocidad. Los humanos tienen también la misión de ser enlaces (chakanas) entre los cielos y la Tierra. Tenemos la misión de ayudar, con sus celebraciones, a la armonía de las transiciones de los espacios y los tiempos. Por eso ayudan a la Madre y al universo cuando celebran en los solsticios, los cambios de luna, en los nacimientos y las muertes, en los pasajes de la vida a través de sus estaciones sagradas.
Aún hoy, en muchas partes de la región andina, la gente busca un lugar espaciado, quizás al lado de una piedra, y hace un hueco en la tierra para corpachar. Se le ofrecen las cosas que salieron de ella, los alimentos, el agua, la coca, la chicha, el vino. Es una forma de reconocer lo recibido, de agradecer la vida y devolverla ritualmente a su origen.